
El chocolate, tal como lo conocemos hoy en día —dulce, suave y en una tableta—, es el resultado de una evolución de miles de años. Su historia no comienza en una fábrica suiza, sino en las selvas tropicales de Mesoamérica, donde las civilizaciones antiguas no lo comían, sino que lo bebían como una bebida amarga y sagrada. Los olmecas, mayas y aztecas cultivaban el árbol del cacao (Theobroma cacao, que literalmente significa “alimento de los dioses”) y valoraban sus semillas más que el oro.
Para los mayas y aztecas, el xocolātl (agua amarga) era una bebida ceremonial, un estimulante para guerreros y un componente clave en rituales religiosos y bodas. Se preparaba tostando y moliendo las semillas de cacao, mezclándolas con agua, especias, chiles y harina de maíz, para luego verterla de una vasija a otra hasta crear una espuma espesa. Estaba lejos de ser un postre; era una bebida potente, venerada por sus propiedades energéticas y místicas.
Cuando los conquistadores españoles, liderados por Hernán Cortés, llegaron en el siglo XVI, inicialmente no apreciaron la bebida amarga. Sin embargo, rápidamente notaron el valor que los aztecas le daban. Decidieron llevar las semillas de regreso a España, pero con una modificación crucial: reemplazaron los chiles por azúcar y canela, y comenzaron a servir la bebida caliente. Este nuevo chocolate dulce se convirtió en el secreto mejor guardado de la aristocracia española durante casi un siglo. Era un símbolo de lujo y estatus, disfrutado en privado por la nobleza.
No fue hasta la Revolución Industrial que el chocolate comenzó a parecerse al que amamos hoy. En 1828, el químico holandés Coenraad van Houten inventó la prensa de cacao, que permitía separar la manteca de cacao del licor de cacao. Esto no solo hizo que la bebida de chocolate fuera más suave, sino que abrió la puerta a la creación del chocolate sólido. En 1847, la compañía británica Fry & Sons creó la primera tableta de chocolate comestible. Más tarde, en 1875, el suizo Daniel Peter añadió leche en polvo (un invento de Henri Nestlé) al proceso, dando al mundo el primer chocolate con leche y cambiando para siempre la industria.
Hoy, el chocolate es una industria global multimillonaria, con una variedad infinita de sabores, formas y porcentajes de cacao. Desde un simple bombón hasta una compleja escultura culinaria, cada pieza lleva consigo siglos de historia: un viaje desde una bebida sagrada y amarga en la selva hasta el símbolo universal de celebración, consuelo y puro placer que es hoy.
Excelente propuesta ecuatoriana. Me gusta que usen cacao fino y banana local. Se siente fresco, diferente y con identidad. Sin duda seguiré comprando.
Me llamó la atención la forma del bombón y terminé comprando varios. ¡Qué sorpresa! El sabor es increíble y el empaque está muy bonito. Perfecto para regalar.
Soy deportista y la versión sin azúcar me ha funcionado bastante bien como snack previo al entrenamiento. Es liviano, rico y me da energía. Muy recomendado.
Probé el Banchoc por primera vez en una feria y me encantó. El sabor entre el chocolate y el banano es súper equilibrado y diferente. Se nota que es un producto artesanal y hecho con dedicación.